Cambiar de jefe cada cuatro años

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La Administración Pública es de las pocas “empresas” en las que cambias de “jefe” cada cuatro años. Y no saben lo que estresa eso a los que estamos dentro, y lo poco eficiente que es.

Imaginen una empresa con 1.500 empleados. Imaginen un staff ejecutivo, directivo y de asesoramiento especial de más de 50 personas. Ese staff no siempre lo compone gente preparada, ni siquiera formada. Es curioso, pero cuanto más alto es el estatus, menos formación y experiencia se exige… solo es necesario haber estado en una lista de un partido político, y haber sido elegido por los ciudadanos, que no es cosa menor.  Ese staff cambia, como máximo, cada cuatro años. A veces menos, a veces se producen bailes, bajas, dimisiones, ceses voluntarios y hasta ceses “sugeridos”. Nombramientos de personal directivo en muchos casos siguiendo métodos poco transparentes y con condiciones de acceso arbitrarias. Toda esta gente entra y sale de la Administración y dirige el barco, a veces como si fuese su coto particular. Ese staff es el que decide la estrategia de la empresa, si es que definen alguna o simplemente se actúa por impulso.

Debajo de ese staff estamos un montón de gente. Gente que hemos accedido mediante una oposición (en muchos casos dura), gente a la que se nos exige una titulación y demostrar unos conocimientos. Esos somos los empleados públicos. Personas que dependemos de voluntades políticas y vemos como entra y sale gente sin ton ni son. Bueno si, al ritmo que marque cada elección (o cada pacto de gobierno), que para eso estamos en democracia. El caso es que, cada cambio de legislatura supone unos cambios organizativos, en muchos casos, de envergadura. Reestructuraciones en la organización. Movimientos de departamentos completos, o parte de ellos. Concejalías y Consejerías completas que aparecen y desaparecen, áreas que se crean nuevas, pactos políticos que se reparten cartas de una baraja.

Cada cambio de legislatura, cada elección, supone, al menos seis meses de transición desde que entra el nuevo gobierno, y al menos, otros seis meses anteriores a las siguientes elecciones. Así pues, de los cuatro años, uno de ellos lo perdemos entre que entramos (porque estamos muy verdes) y salimos (porque estamos preparando la siguiente elección). Pasados esos primeros seis meses empezamos a ver qué se puede hacer. Claro, lo lógico es empezar a hacer cosas que se vean, no vamos a dedicarnos a arreglar problemas graves o estructurales, así que no planificamos porque eso es muy complicado, y empezamos a sacar cosas que se puedan vender y queden bonitas en los periódicos.

Los empleados públicos somos ejecutores de las políticas públicas y estamos para velar por la legalidad y el encaje técnico de cada una de las acciones. Podemos llegar a ejecutar acciones absurdas (no ilegales) simplemente por el capricho de la persona que nos dirige. Cosas que cuando te las plantean se te queda cara ¿qué? ¿de verdad quiere hacer eso? ¿y para qué?. Y claro, cuando tampoco fluye la comunicación, no se fomenta la participación ni se cuenta con la opinión interna piensas que estás trabajando en cosas que no sirven para nada.

En mi experiencia en la Administración Pública nunca he visto planes a más de dos años vista. Todo el staff ejecutivo y directivo solo piensa en el corto plazo, en obtener réditos visibles, sin importar lo que se haya hecho antes y sin importar aún menos lo que ocurra después de que ellos y ellas ya no estén en el poder. ¿Dejar el camino allanado a quién venga después? ¡No, eso no!.

Yo he vivido cómo se ponían en marcha proyectos el día antes de unas elecciones (habiendo estado terminados hace meses), sólo por el mero hecho de decir que se había implantado. Proyectos que, en todos los casos, eran desechados por el siguiente staff, y vueltos a contratar, pero de la forma en que “los nuevos” querían. Dinero tirado a la basura, porque hay gente que no es capaz de ver más allá de sus narices. Porque hay gente que es incapaz de escuchar el criterio técnico de los que llevamos muchos años dentro de la Administración y conocemos “la casa”.

Imaginen empresas canarias multinacionales como Lopesan, Domingo Alonso o Binter en las que el Consejo de Administración cambia cada cuatro años. Con cada nuevo Consejo hay un nuevo Presidente (o Presidenta) y se nombran nuevos Gerentes de cada una de las áreas de la empresa. Con cada nuevo Consejo cambia toda la estrategia de la empresa. ¿Estarían donde están ahora esas empresas si eso realmente ocurriera?, ya les digo yo que no.

Pues eso mismo ocurre en la Administración Pública, y no es nada eficiente.  Yo actualmente trabajo sin saber para qué. Cuáles son los objetivos. Por qué hacemos lo que hacemos. Qué es lo que se pretende conseguir. Cómo se van a medir cada una de de las acciones. ¿Sabían que el grupo de gobierno que dirige la Administración donde trabajo aprobó un Plan de Gobierno para toda la legislatura? ¿No? tranquilos, nosotros, los de dentro, tampoco lo conocíamos (y se aprobó hace casi dos años). Es más, no lo conocía gran parte del staff directivo. ¡Estupendo! ¿no?.

Cuando tu pensamiento es esperar a que sean las siguientes elecciones (en 2019) para ver si vienen otros capitanes que dirijan el barco es que la cosa está muy mal. Y mientras tanto el barco sigue en marcha, no se para, no se puede parar, no se hunde (de momento), tiene mucho combustible, pero vaga sin rumbo fijo. Y los marineros seguimos a lo nuestro. A veces pienso que un motín a bordo no sería una idea descabellada.

 

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