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La transparencia era eso de publicar los sueldos

Eso es lo que piensan muchos. La transparencia es eso de publicar los sueldos de los políticos y de los directivos y ya con eso, el pueblo (recuerden las sabias palabras de Trump «…you, the people…«) se queda tranquilo.

Los sueldos de los políticos

Nada como un poco de cotileo para ver como nuestro alcalde o presidente de comunidad autónoma cobra… taitantos miles de euros, aunque esas cifras siempre llevan a engaño porque, por un lado suelen presentarse como cantidades brutas (a eso hay que descontar las deducciones que todos tenemos en la nómina), con lo que en realidad cobran menos. Peeeero… tampoco incluyen otros conceptos como indemninzaciones por asistencia a órganos colegiados, es decir, por asistir, entre otras cosas, a Comisiones o a Plenos. Eso se cobra aparte. Sí, sí, simplemente por asistir a esas reuniones se cobra, aunque sea una consecuencia de tu propio trabajo. Esto se puede entender en aquellos políticos que no cobran un sueldo, que los hay, que en esto la gente va muy perdida y cree que todos los que son políticos cobran (y roban), pero no, ni una cosa, ni la otra. Hay gente que se dedica a sus labores y sin embargo es político ejerciente, normalmente en la oposición, y ahí si que tiene sentido que se cobre por asistir esas reuniones regladas.

Pero, aquí ya me mojo. ¿Los políticos y directivos públicos cobran mucho o poco? Bueno, depende de donde miremos, pero en general, si tuviéramos gente que realmente lo valiera, creo que cobran poco. Por ejemplo, en la Administración para la que trabajo, que el Presidente cobre unos 70.000 euros brutos al año me parece muy poco. Que un Director General cobre 53.000 al año también me parece poco. Pero… y aquí vuelve a haber un pero, esto siempre depende de cómo realice su trabajo (tengo muy claro que en esta Administración en concreto, hay políticos y directivos que cobran mucho para lo que hacen). No debemos evaluar a nuestros dirigentes solo cada cuatro años en las urnas. Debemos evaluarlos a diario. Esto se consigue con transparencia y con rendición de cuentas. Con una verdadera rendición de cuentas podríamos saber quien vale y quien no vale para esto, pero muchos de nuestros políticos y directivos no han llegado aún a esta fase. Eso no va con ellos, es un tren que viene rápido y probablemente les pille y les pase por encima (los que no hayan oído hablar e interiorizado aún estos conceptos pueden darse por muertos políticamente). La ciudadanía pide un cambio y ese cambio pasa por rendir cuentas de todo lo que haces, desde que ocupas tu cargo, pasando por cómo planificas, cómo ejecutas y cómo dejas las cosas cuando te vas, y durante todo el proceso, mostrando cada una de las acciones, los hitos conseguidos, los éxitos y también los fracasos, las desviaciones, y dando las explicaciones oportunas.  Y todo porque la gente quiere saber no solo lo que se hace, sino cómo se hace y por qué se hace lo que se hace.

Las declaraciones de bienes

¿Y que me dicen eso de publicar también las declaraciones de bienes y las declaraciones del impuesto sobre la renta? ¿Les parece bien? Sinceramente a mi sí. Si te dedicas a la política o estás en un puesto de alta dirección en la Administración creo que es necesario que entres enseñando tus cartas. Nada más entrar en un puesto debes declarar (con datos genéricos) los bienes que tienes, de todo tipo, casas, coches y su valor aproximado, pero también acciones, bienes muebles de alto valor (¿tienes un Picasso en el baño como los tesoreros de postín?), dinero en bancos. ¿Y tu última declaración de la renta? ¿Cuánto declaraste? ¿Te salió a pagar o a devolver? Igual puede ser excesivo, pero creo que es una medida al menos disuasoria para que no hayan desviaciones desafortunadas. Que tienes un patrimonio generoso por herencia, bien por ti. Que te has ganado 1.000.000 de euros en la lotería… genial (bueno si te has ganado diez loterías en pocos años ya canta un poco). Lamentablemente, este tipo de declaraciones, en muchos casos, tiene una letra pequeña que hace que no siempre se declare todo. O también puede ocurrir que, simplemente, a la persona que tiene que declarar no le de la gana de poner lo que tiene, que esconde cosas de forma deliberada. Y si no, cómo se explican que veamos declaraciones de bienes donde algunos de nuestros políticos y directivos tengan 1.000 euros en cuentas corrientes (¿en todas?), o que directamente no tengan a su nombre ninguna casa ni coche (ni siquiera un triste velero amarrado en un discreto puerto deportivo)…vale puede vivir de alquiler. Si esa información es cierta, un tipo o tipa sólo con 1.000 en el banco, después de 15/20 años trabajando ¿va a ser capaz de hacerse cargo de un área de la Administración con un presupuesto de 50 millones de euros? Si no sabes administrarte tu propio dinero, ¿vas a saber como gestionar esa pasta?… yo no lo veo claro. Todo esto va de coherencia y no de cotilleo. Dedicarse a la cosa pública debe llevar implícito que se te mire con lupa, y si no quieres, dedícate a otra cosa… aunque algunos y algunas nunca se han dedicado a otra cosa, entraron en política muy jóvenes y ahí los ves saltando de carguito en carguito y sigo porque tengo un amiguito.

Los sueldos de los empleados públicos

Y quien dice políticos y directivos, dice también empleados públicos. ¿Cuánto cobra un auxiliar administrativo, o un ingeniero de caminos, o un licenciado en derecho, o un delineante que trabaje en una Administración Publica? ¿Eso no debería estar publicado? Pues si, debería estarlo y en algunos casos lo está. Sueldos brutos por categorías. No digo publicar las nóminas de cada uno de nosotros individualizada, porque ahí pueden estar otros conceptos que no tienen por qué ser públicos (p.e. si aparece alguna retención judicial, o si aparece información relativa a una incapacidad temporal).

¿Cuántos de los que se presentan a una oposición no les gustaría conocer el sueldo base del puesto para el que opositan? Yo lo veo de lo más normal, pero me he encontrado con compañeros reacios a esa medida ¿por qué? no lo entiendo. Nuestro sueldo debe ser público, así como otros complementos que tengamos, como trienios (¿cuánto se cobra por trienio en cada categoría?), productividad, o incluso ayudas de otro tipo (médicas, escolares, de estudio, planes de pensiones etc.). Todo esto es información pública y cualquiera debería conocerla.

Una de las cosas que se da entre los sueldos de los empleados públicos es que la variación entre el que menos cobra y el que más cobra pocas veces supera la relación 1 a 3. Es decir, el que más cobra no suele superar en tres veces el sueldo del que menos cobra. Esa diferencia salarial no es mucha, y a veces no se suele corresponder con el nivel de preparación, la dedicación y responsabilidad de cada puesto. Yo considero que en algunos casos debería ser mayor, pero como me pasaba con los políticos, aquí la cosa vuelve a ir en relación a lo que hace efectivamente cada uno en su trabajo.

Ocurre también que entre un puesto base de una categoría y puestos de mandos intermedios y superiores (jefaturas de sección, de unidad o de servicio) la diferencia puede ser tan poca que en muchos casos no compense ir a un puesto más alto. Muchos pueden pensar ¿para qué? ¿para que me vuelvan más loco? ¿más responsabilidad y todo por 50,100 o 200 euros más? Puede que no salgan las cuentas, y lo entiendo. Cada persona es un mundo y para unos 100 euros más al mes le puede sacar de un apuro, pero para otros no.

 

Pero entonces ¿la transparencia no era eso de publicar los sueldos? Ya te he dicho que no, que eso son solo fuegos artificiales, que al principio pueden impresionar, pero después del espectáculo, queda la nada… la transparencia es otra cosa, amigos, pero eso lo contaremos en otro momento.

 

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Los gastos de viaje de los empleados públicos

Semanas atrás se hablaba mucho de las dietas de los parlamentarios canarios y en su día también se habló de lo que cobran en dietas los diputados y los eurodiputados.

Yo no se ellos, pero a mi, como empleado público, salir de viaje de trabajo a veces me supone una pérdida. Me explico.

Lo que se puede gastar un empleado público (no directivo) en alojamiento y comida al día está regulado. Hago la distinción entre empleado y directivo porque esto va por clases. Un empleado público tiene derecho a unas cantidades, y un directivo tiene derecho a otras, un 30-40% superiores.

Pues bien, en lo que a mi me afecta, cuando acudo a alguna reunión/jornada/evento de trabajo fuera de mi ubicación (en mi caso fuera de Gran Canaria), tengo derecho a que me paguen:

  • Transporte: el precio del billete de avión/barco, en clase turista. Taxis/guagua (autobús)/metro, los que sean necesarios. Parking, cuando sea necesario (p.e. si dejo mi coche en el aparcamiento del aeropuerto). Cada uno de estos gastos hay que justificarlo con facturas.
  • Alojamiento: hasta un máximo de 67 euros por noche (con impuestos incluidos). No es para tirar cohetes, la verdad. No pido alojarme en el Ritz si voy a una reunión, pero tampoco en la Pensión Manolo. Estas cantidades no hay que justificarlas con facturas, como máximo te van a dar esto.
  • Manutención: hasta un máximo de 35 euros diarios, para las tres comidas. Estos gastos tampoco hay que justificarlos con facturas. Y en el día de ida y de vuelta, depende de la hora de salida del avión o barco te puede corresponder el 100% de esa cantidad, o el 50% si el transporte sale después de determinada hora. Lógicamente, estas cantidades no nos da para cenar en Casa Lucio, ni lo pretendo. Un desayuno en el hotel (si lo tiene incluido), un menú de mediodía por 12-15 euros, un cafecito y donut por la tarde y una cena ligera en una cafetería, para poco más te da. ¡OJO! Que si vas a un evento que incluye un almuerzo/cena de trabajo también hay que especificarlo porque se descontará un parte de la manutención.

Este sistema es un tanto ineficiente porque, por un lado tenemos una restricción en cuanto al coste del alojamiento, pero por otro no tenemos restricción en cuanto al transporte. Así que, en lugar de quedarme en un hotel de 3 estrellas en el centro de Madrid (que no baja de los 90-100 euros noche) y desde donde seguro llego a la reunión con un transporte público adecuado, me tengo que alojar en un hotel de la periferia (que no llegue a 70 euros la noche), pero puedo coger dos taxis de ida y vuelta que me cuesten 20 euros cada uno. Al final, el coste del segundo caso es mayor que el del primero, pero el segundo cumple las normas (y se paga todo), mientras que el primero no.

Como anécdota puedo contar que, cuando se quiere, se pueden saltar las normas, pero de forma justificada. Me ocurrió en un viaje a Tenerife, una reunión en Adeje, al sur de la isla. Teníamos que hacer noche. Quien conozca el sur de Tenerife sabe que alojarse una noche allí en cualquier hotel por menos de 100 euros es prácticamente imposible, y menos con poca antelación y en temporada alta. Fue literalmente imposible encontrar un hotel que se ajustara al precio (cualquier sobreprecio lo pagamos de nuestro bolsillo), así que tuvimos que acudir a la que entonces era mi Consejera para que hiciera un informe contando la situación y que, de forma extraordinaria, se nos abonara la cantidad que costaba el hotel esa noche (creo que eran unos 110 euros). Era uno de los dos hoteles propuestos por la organización del evento, el otro hotel superaba los 150 euros/noche.

Y todo esto, en la mayoría de los casos, es uno mismo quien se tiene que organizar los viajes y, dependiendo de la antelación, incluso adelantar todo el dinero para que después te lo paguen en nómina, un par de meses más tarde… pero esta parte en concreto no es algo que me moleste mucho, me encanta organizar viajes. 😉

En fin, esta es una de las cosas que echo de menos de la empresa privada, recuerdo que viajar era mucho más sencillo y no se andaban con tanto remilgo. Ahora entiendo cuando, trabajando en la privada, coincidía con empleados públicos en eventos y veía como se quedaban en hoteles mas «cutres» que el mío y no podían gastarse mucho a la hora de la comida… ahora soy yo ese tipo.

 

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Cambiar de jefe cada cuatro años

La Administración Pública es de las pocas «empresas» en las que cambias de «jefe» cada cuatro años. Y no saben lo que estresa eso a los que estamos dentro, y lo poco eficiente que es.

Imaginen una empresa con 1.500 empleados. Imaginen un staff ejecutivo, directivo y de asesoramiento especial de más de 50 personas. Ese staff no siempre lo compone gente preparada, ni siquiera formada. Es curioso, pero cuanto más alto es el estatus, menos formación y experiencia se exige… solo es necesario haber estado en una lista de un partido político, y haber sido elegido por los ciudadanos, que no es cosa menor.  Ese staff cambia, como máximo, cada cuatro años. A veces menos, a veces se producen bailes, bajas, dimisiones, ceses voluntarios y hasta ceses «sugeridos». Nombramientos de personal directivo en muchos casos siguiendo métodos poco transparentes y con condiciones de acceso arbitrarias. Toda esta gente entra y sale de la Administración y dirige el barco, a veces como si fuese su coto particular. Ese staff es el que decide la estrategia de la empresa, si es que definen alguna o simplemente se actúa por impulso.

Debajo de ese staff estamos un montón de gente. Gente que hemos accedido mediante una oposición (en muchos casos dura), gente a la que se nos exige una titulación y demostrar unos conocimientos. Esos somos los empleados públicos. Personas que dependemos de voluntades políticas y vemos como entra y sale gente sin ton ni son. Bueno si, al ritmo que marque cada elección (o cada pacto de gobierno), que para eso estamos en democracia. El caso es que, cada cambio de legislatura supone unos cambios organizativos, en muchos casos, de envergadura. Reestructuraciones en la organización. Movimientos de departamentos completos, o parte de ellos. Concejalías y Consejerías completas que aparecen y desaparecen, áreas que se crean nuevas, pactos políticos que se reparten cartas de una baraja.

Cada cambio de legislatura, cada elección, supone, al menos seis meses de transición desde que entra el nuevo gobierno, y al menos, otros seis meses anteriores a las siguientes elecciones. Así pues, de los cuatro años, uno de ellos lo perdemos entre que entramos (porque estamos muy verdes) y salimos (porque estamos preparando la siguiente elección). Pasados esos primeros seis meses empezamos a ver qué se puede hacer. Claro, lo lógico es empezar a hacer cosas que se vean, no vamos a dedicarnos a arreglar problemas graves o estructurales, así que no planificamos porque eso es muy complicado, y empezamos a sacar cosas que se puedan vender y queden bonitas en los periódicos.

Los empleados públicos somos ejecutores de las políticas públicas y estamos para velar por la legalidad y el encaje técnico de cada una de las acciones. Podemos llegar a ejecutar acciones absurdas (no ilegales) simplemente por el capricho de la persona que nos dirige. Cosas que cuando te las plantean se te queda cara ¿qué? ¿de verdad quiere hacer eso? ¿y para qué?. Y claro, cuando tampoco fluye la comunicación, no se fomenta la participación ni se cuenta con la opinión interna piensas que estás trabajando en cosas que no sirven para nada.

En mi experiencia en la Administración Pública nunca he visto planes a más de dos años vista. Todo el staff ejecutivo y directivo solo piensa en el corto plazo, en obtener réditos visibles, sin importar lo que se haya hecho antes y sin importar aún menos lo que ocurra después de que ellos y ellas ya no estén en el poder. ¿Dejar el camino allanado a quién venga después? ¡No, eso no!.

Yo he vivido cómo se ponían en marcha proyectos el día antes de unas elecciones (habiendo estado terminados hace meses), sólo por el mero hecho de decir que se había implantado. Proyectos que, en todos los casos, eran desechados por el siguiente staff, y vueltos a contratar, pero de la forma en que «los nuevos» querían. Dinero tirado a la basura, porque hay gente que no es capaz de ver más allá de sus narices. Porque hay gente que es incapaz de escuchar el criterio técnico de los que llevamos muchos años dentro de la Administración y conocemos «la casa».

Imaginen empresas canarias multinacionales como Lopesan, Domingo Alonso o Binter en las que el Consejo de Administración cambia cada cuatro años. Con cada nuevo Consejo hay un nuevo Presidente (o Presidenta) y se nombran nuevos Gerentes de cada una de las áreas de la empresa. Con cada nuevo Consejo cambia toda la estrategia de la empresa. ¿Estarían donde están ahora esas empresas si eso realmente ocurriera?, ya les digo yo que no.

Pues eso mismo ocurre en la Administración Pública, y no es nada eficiente.  Yo actualmente trabajo sin saber para qué. Cuáles son los objetivos. Por qué hacemos lo que hacemos. Qué es lo que se pretende conseguir. Cómo se van a medir cada una de de las acciones. ¿Sabían que el grupo de gobierno que dirige la Administración donde trabajo aprobó un Plan de Gobierno para toda la legislatura? ¿No? tranquilos, nosotros, los de dentro, tampoco lo conocíamos (y se aprobó hace casi dos años). Es más, no lo conocía gran parte del staff directivo. ¡Estupendo! ¿no?.

Cuando tu pensamiento es esperar a que sean las siguientes elecciones (en 2019) para ver si vienen otros capitanes que dirijan el barco es que la cosa está muy mal. Y mientras tanto el barco sigue en marcha, no se para, no se puede parar, no se hunde (de momento), tiene mucho combustible, pero vaga sin rumbo fijo. Y los marineros seguimos a lo nuestro. A veces pienso que un motín a bordo no sería una idea descabellada.

 

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5 cosas que me gustan de ser funcionario

Empecé siendo funcionario interino en el año 2001. Desde 2010 soy funcionario de carrera, eso implica que aprobé unas oposiciones y he sido nombrado para ocupar un puesto en una Administración Pública, en este caso el Cabildo de Gran Canaria, una entidad local que es el gobierno de la isla de Gran Canaria. Trabajo en el departamento que se ocupa de la tecnología, en un horario habitual de oficina, 37,5 horas a la semana, 7,5 horas al día, de lunes a viernes. No trabajo por turnos, fines de semana ni festivos. Digo esto porque no todos los puestos de funcionarios son iguales, los hay que trabajan por turnos, o por las tardes o hasta en días festivos, pero no es mi caso. Yo trabajo en una oficina “normal”.

¿Ser funcionario es un trabajo ideal? Ser funcionario en realidad no es un trabajo, es un estado. Mi trabajo tiene que ver con la gestión de la tecnología, pero dentro de una Administración Pública. Vale, pero ¿ser funcionario mola? Como todo, tiene sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Conozco a mucha gente que no podría ser funcionario en la vida, y otros que se dejan la vida por ser funcionario, cada uno tiene sus razones. Aquí van cinco de mis razones por las que me gusta ser funcionario.

La seguridad de no perder el trabajo

En un país con una tasa de paro del 20% (en Canarias llega al 25%), ya solo tener trabajo es algo bueno, pero si además es uno para toda la vida ya ni te cuento. Probablemente ese es uno de los primeros pensamientos que te vienen a la mente cuando firmas tu nombramiento como funcionario de carrera (nosotros no firmamos ningún contrato). Piensas ¡ya está! ¡se acabó! ¡Ya tengo trabajo!. Y si además sabes que nunca te vas a quedar en paro es una sensación rara, pero muy agradable. Solo por este hecho somos unos privilegiados en un país con una precariedad laboral patente, donde gente muy formada no encuentra un empleo y donde muchos que tienen empleo son pobres, así de claro. Y dicho esto, también debo decir que no estoy de acuerdo con que los funcionarios mantengamos un trabajo para toda la vida, no al menos si no se nos evalúa de una forma objetiva y se nos exige unos mínimos, porque esta situación se vuelve muy perversa. Cuando uno sabe que no va a perder el trabajo, se puede acabar distorsionando la realidad, pero de esto hablaré en otro post.

La estabilidad económica

Ya ganes 1000, 2000 o 3000 euros al mes (pocos funcionarios llegan a esta última cifra), el caso es que, de acuerdo al punto anterior, tienes un trabajo para toda la vida, y un sueldo también para toda la vida. Un sueldo que además tiene pocas variaciones. Con las vacas gordas aumentaba todos los años, pero con la vacas flacas, no solo no aumentaba sino que a veces bajaba un poco. Pero vamos, nos mantenemos en un ligero ascenso constante, lento pero seguro. Saber que cuentas con una cantidad de dinero fija al mes te da una perspectiva que te permite organizar tu economía y hacer planes. Normalmente tenemos 14 pagas, es decir, dos pagas extra en junio y diciembre (en la Administración Pública no se prorratean las pagas como en la privada), y a veces tenemos “pluses”, como uno que se denomina la “productividad”, no todas las Administraciones tienen ese concepto. Para la que yo trabajo sí, eso supone un “plus” que coincide con las pagas extras. O sea, que mi sueldo es el mismo todos los meses, menos en junio y diciembre que es bastante más. No hay que ser un lumbreras para poder organizarte con tus ingresos y gastos. Tanto ganas, tanto debes gastar. ¡Allá cada cual lo que hace con su dinero!

La conciliación familiar

Aunque muchas empresas privadas son cada vez más flexibles en este tema, si hay algo que fomenta la Administración Pública española es la conciliación laboral y familiar. Trabajar está bien, pero cuidar y pasar tiempo con la familia (o con amigos) también lo está. Si tienes hijos menores de 12 años tienes flexibilidad para la entrada y la salida en tu puesto de trabajo, estableciéndose un horario fijo en el que tienes que estar presente, y un horario flexible a la entrada y a la salida que te permite entrar antes o salir después para cuadrar otras cosas que tengas que hacer con la familia, como en mi caso, dejar a mis hijas en el cole o recogerlas algún día, todo ello sin tener que recurrir a «acogidas tempranas o tardías». A esto hay que sumarle los días de “asuntos particulares”. Depende de cada Administraciones, podemos tener entre 6 y 9 todos los años, son días de libre disposición. Te los puedes coger para lo que quieras, sin justificar. Además, en algunos años, cuando hay festivos que caen en domingo, se nos suelen dar otros días más porque esos festivos, si hubiesen caído entre semana no los hubiésemos trabajado. Por ejemplo, en 2016 tuvimos dos días de compensación por domingo festivo, a los que hay que sumar todos los días de asuntos propios y otros varios tipos de permisos (por exámenes en centros oficiales, por mudanza, por enfermedad grave o muerte de familiar, por deberes inexcusables de carácter público, etc.). Vamos, que no podemos quejarnos.

No trabajar bajo presión

¡OJO! no trabajar bajo presión no significa trabajar muy relajado, salir a desayunar dos veces o ir de compras en horario de trabajo. Hay de todo, y hay departamentos y departamentos (por ejemplo los que trabajan haciendo las nóminas tienen un pico de trabajo en los días de cálculo y pago de las mismas, si hay algo que no se puede retrasar es una nómina). Cuando trabajaba en la empresa privada sí que teníamos fechas límite, y había que hacer horas cuando fuese necesario (aunque a veces estas extra se convirtieran en horas normales de trabajo). En la Administración no se suele trabajar por proyectos ni con fechas concretas, salvo casos muy puntuales. No te pueden obligar a hacer horas extra, aunque en determinados puestos puede ser muy necesario que las hagas (cobrándolas, eso sí, o compensándola por días). ¿Y todo esto es bueno? No, no lo es, pero te acostumbras y hasta te parece lo normal. Si una cosa no sale hoy, ya saldrá mañana.

Hacer cosas que benefician a la gente

Cuando trabajas en una Administración Pública, cuanto más cercana está del ciudadano (como los Ayuntamientos) más impacto tiene tu trabajo en la gente. Los funcionarios trabajamos para que las Administraciones funcionen, y las Administraciones están para ofrecer servicios a los ciudadanos, por tanto, nosotros servimos a los ciudadanos. Depende de cada puesto, pero en mayor o menor medida, nuestro trabajo influye o puede influir en muchas personas. Si lo hacemos mal puede implicar retrasos para los ciudadanos, que tengan que venir otro día, que pierdan una beca o una subvención, que se frustren cuando no pueden encontrar una información. En mi caso, trabajando en tecnología puedo influir para bien o para mal en el servicio que se presta. Los de tecnología tenemos cliente internos (todos los empleados) y clientes externos (los ciudadanos). Nuestro trabajo impacta directamente en todos ellos.  Es una satisfacción tremenda cuando ves que algo en lo que has participado, simplemente mejora la vida de alguien.

En definitiva, en mi experiencia y en mi tipo de puesto de trabajo, me gusta ser funcionario, y, de momento, las cosas buenas que tiene superan a las cosas malas, que también las hay.

 

 

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Cómo me hice funcionario interino

Funcionario no se nace (de momento), se hace. En mi caso fue algo totalmente fortuito. Yo terminé mi carrera de Licenciatura en Informática por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en el año 1997, una titulación que posteriormente sufrió una serie de homologaciones, primero a una Ingeniería (Superior) en Informática, y ahora a una titulación de tipo Master de acuerdo al nuevo marco europeo. Vamos, que tengo que un papel que dice que tengo una de las titulaciones más altas que se pueden conseguir (sin contar el doctorado).

Mi primer trabajo

Pues tan contento que andaba yo con mi titulación, comencé a buscar trabajo justo después de terminar la carrera, en septiembre de 1997, tardé poco más de un mes en conseguir trabajo, en una pequeña empresa que se acababa de crear, Desarrollos y Sistemas Informáticos Canarios S.L. (DESIC), una consultora informática que creó el grupo Global (Salcai-Utinsa) ¿que hacen los de las guaguas creando empresas de informática?, pues sí, supieron ver desde entonces ese potencial. En el momento de mi contratación éramos 5 personas en la empresa, actualmente la empresa sigue en pie, con sus altibajos, pero manteniendo a una plantilla que, hasta la última vez que me dijeron rondaba las 100 personas. Mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho apoyo y apuesta por parte de la empresa en formación, buen ambiente de trabajo y buen sueldo (en esos años yo era mil eurista, muy por encima de lo que se cobraba en el sector).  Pero como todo, la empresa siguió creciendo, las responsabilidades también y a los tres años decidí que quería un cambio en mis condiciones de trabajo, eso de trabajar mañana y tarde no me molaba demasiado, jornada partida, hasta las 19:00, no creía que fuese una buena opción. Luché por cambiar las cosas pero no lo conseguí, así que decidí buscar otro trabajo.

Mi segundo trabajo

Mi segundo trabajo sería en otra consultora canaria del sector, Open Canarias S.L., relacionada con el mundo IBM en ese momento, con una visión del desarrollo de software muy disruptiva para la época. Una empresa de Tenerife, pero con una pequeña sede en Gran Canaria. Mi experiencia en DESIC les había gustado, así que me contrataron con un mejor sueldo y unas mejores condiciones de trabajo. El tipo de trabajo era algo distinto, dejé la parte de programación para iniciarme en el mundo de la administración de sistemas. Le puse muchas ganas al principio, pero  al final no me terminó de llenar del todo. Esta vez las motivaciones de sueldo, horario y ambiente de trabajo no se correspondían con el tipo de trabajo que estaba desarrollando, no me llenaba.

¡Soy funcionario interino!

Mientras trabajaba en Open Canarias, un buen tipo que conocía en el Cabildo de Gran Canaria (para el que había trabajado en un pequeño proyecto en mi etapa en DESIC), me comentó que el Cabildo iba a sacar unas plazas de Técnico Superior de Informática, orientadas a titulados superiores como yo. Trabajando en la empresa privada, a mi todo esto me sonaba a chino mandarino. ¿La Administración Pública? ¿Convocatorias? ¿Oposiciones? Estaba muy perdido en ese mundo.  Pero seguí los consejos de este buen samaritano (que por cierto, para los mal pensados, nada tenía que ver ni influir en la propia oposición) y me preparé una serie de temas que aparecían en la convocatoria. Era unos 30 temas, un par de exámenes y con suerte igual me sacaba una de las tres plazas que salían a concurso-oposición (otro de los conceptos que entendí más adelante).
Pues como quien no quieres la cosa, me quedé entre los tres primeros. Hice buenos exámenes y mis cuatro años de experiencia en puestos similares me sirvieron para mucho a la hora de valorar méritos. De la noche a la mañana pasé de ser un trabajador como cualquier otro a pasar a trabajar en un entorno totalmente distinto. Entré en la categoría más alta que puede tener un funcionario, A1, para la que se exige una titulación superior.  A mi todo esto me seguía sonando a chino. Yo me dejaba llevar.  Mi entrada en el Cabildo de Gran Canaria fue un soplo de aire fresco para la Administración (o eso creíamos). Una Administración del siglo XIX en la que de repente entran tres caras nuevas venidas directamente del mundo privado. No le sentó bien a todo el mundo, sobre todo a aquellos titulados superiores que trabajan dentro y que, en igualdad de condiciones para los exámenes y méritos no habían conseguido esas plazas que «supuestamente» les corrrespondían a ellos.
Desde ese momento era, oficialmente, funcionario interino. Una vez dentro ya me explicaron que era eso de ser interino. Básicamente significa que ocupo esa plaza de forma transitoria, hasta que la ocupe un funcionario «de carrera», pero para eso se necesitan otro tipo de pruebas selectivas, mucho más duras que las que yo había pasado (sinceramente las pasé sin pena ni gloria, estudiando lo justo).  La situación del funcionario interino es un tanto extraña. Tienes un trabajo «casi» fijo, hasta que venga otro (o tú mismo) y lo ocupe de forma definitiva. Y esta situación se puede demorar meses (muy raro), o años (lo normal), y a veces muuuuchos años (se de gente que se ha jubilado siendo ocupando un puesto interino).
¡Vale! ¡Estupendo! A disfrutar, ¡que me quiten lo bailao!. Puesto nuevo, compañeros nuevos, responsabilidades nuevas, buenas condiciones de trabajo, un sueldo que hasta duplicaba la media del sector (al menos en Canarias). ¿Quién podía pedir más? Decir que eras funcionario en un banco o en cualquier otro sitio era tener una puerta abierta, así de claro. Mis primeros sueldos y pagas extra fueron simplemente desconcertantes, con la primer paga extra pensé «Joder, ¿y yo he producido para que me paguen esto?»  Pero saben que, a todo esto se acostumbra uno muy rápido.

Se acaba el juego señores, no va más

A los dos años de estar interino vino la prueba de fuego. Las plazas que ocupábamos los tres «nuevos» salían a concurso-oposición libre. Significaba que nos la jugábamos. A las tres plazas podía presentarse cualquiera que tuviera la titulación y superase los tres exámenes, esta oposición sí fue mucho más dura que la de interino. 90 temas, tres exámenes y valoración de méritos. Mis otros dos compañeros se quedaron por el camino (no superaron alguno de los exámenes), pero yo llegué al final. Aprobé los tres (con una nota mediocre) y tras las valoración de méritos… me quedé en cuarta posición. A ver, eran tres plazas, yo me había quedado cuarto, «muy bien machote, a la p*ta calle que te vas«.

La suerte del novato

El hecho de estar cuarto (de tres plazas) implicaba ser el primero en la lista de sustituciones para cubrir interinidades en plazas vacantes, y ¡oh, suerte del destino! Había una plaza de la misma categoría que se había quedado vacante por circunstancias que no vienen al caso. Y fíjate por donde, cuando los tres funcionarios de carrera ocuparon las plazas que nosotros tres habíamos cubierto de forma interina un par de años atrás, este que está aquí pudo ocupar, de forma interina, esa plaza que había quedado vacante.
Así pues, algo más de dos años después de ser interino, de una oposición primero para interino y después para funcionario de carrera, me encontraba ocupando nuevamente un puesto de interino, y todo eso sin perder ni un solo día de cotización. El mismo día que causé baja en un puesto, tomé posesión como interino en el otro puesto vacante.
¡El sistema funciona!. 
Volvía a la casilla de salida. Otra vez era interino. Y así estuve otros siete años más. Lo que viene después, digno de una película de terror, debe ser contado en otra entrada.
🙂