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Administración Pública

La (ina)movilidad de los funcionarios

Uno de los conceptos asociados al hecho de ser funcionario es el de tener un trabajo para toda la vida, eso, que cada uno puede compartir más o menos (o menos que más), tiene su parte buena y su parte mala.

Lo bueno de tener un trabajo para toda la vida

  • Por salud mental, el hecho de saber que «siempre» tendrás trabajo y tendrás un sueldo Nescafé para toda la vida, hace que puedas tener un plan de vida más o menos organizado. Sabes que vas a contar un sueldo fijo a fin de mes y eso te permite cuadrar ingresos y gastos de una forma matemática.
  • El hecho de saber que vas a estar en un mismo sitio mucho tiempo hace que puedas conseguir una especialización brutal en lo que hagas. Piénsalo bien, si te has sacado una oposición con 30 años, sabes que vas a estar, como mínimo, los próximos 35 años haciendo eso que haces. Vamos, ya tienes tiempo de hacerlo le mejor posible.

Lo malo de tener un trabajo para toda la vida

  • ¿Y si a donde has ido a parar es un sitio oscuro, o el ambiente de trabajo es de todo menos saludable?
  • ¿Y si te toca un superior con pocas ganas de trabajar y muchas de controlar?
  • ¿Y si empiezas a trabajar y ves que aquello que tú te habías creado en tu mente no se parece en nada a la realidad?
  • Pues si te pasan algunas de estas cosas, ten en cuenta que ESA va a ser tu vida laboral los próximos 35 años…

Cuando entras por primera vez en la administración lo normal es venir «a comerte el mundo«, a aprender lo que puedas de tus compañeros y a aportar lo que sabes. Pero es normal que ese ímpetu vaya decreciendo cuando te empiezas a mimetizar con el entorno, cuando dejas para mañana las cosas que puedes hacer ahora, cuando alargas el café de media mañana, cuando has dejado de proponer cosas porque nunca te hacen caso, cuando ves que no circula la información (o cuando circula la desinformación), cuando ves cosas raras entre compañeros, cuando ves mal ambiente, o simplemente cuando vas a trabajar solo por estar presente, cuando dices «hago mi trabajo y punto«.

En ese momento es cuando los funcionarios forman parte del mobiliario de la administración pública para la que trabajan, puede que incluso que ni hablen, o peor aún, que sean autómatas. Están, cumplen su función (no siempre de manera eficiente), crecen, se reproducen y algún día mueren (después de 40 años de servicio).

¿Alguien en su sano juicio cree que eso es un sistema eficiente? Cuando llevas desempeñando un trabajo mucho tiempo, es prácticamente imposible que veas lo que haces con perspectiva, y cuando alguien de fuera ve lo que haces y opina o propone, aparecen las típicas «¿pero tú que vas a saber si acabas de llegar?«, «¿Pero que estás diciendo?, si esto se ha hecho así de toda la vida y funciona«, «¡Ah!, no se, eso no lo llevo yo, lo lleva el departamento X, pregúntale a ellos«, «Eso no está en mis funciones y no pienso hacerlo…»

A veces pienso que los funcionarios deberíamos movernos (obligatoriamente), por ejemplo, cada cinco años. ¿Por qué no?. No tienen por qué ser movimientos bruscos. Cambios de puesto y de funciones (dentro de la categoría) en el mismo departamento, o incluso en otro departamento, en otro edificio o en otra localidad, o incluso en otra administración, ¿por qué no? Otros compañeros, otro ambiente de trabajo. Pero todo planificado. Tampoco puede cambiar todo un departamento de la noche a la mañana porque se perdería el know how de muchos. ¿Y si fuese una opción voluntaria para el trabajador y obligatoria para la administración?… otro gallo cantaría.

Conozco a gente que está contenta siendo una «ameba«, del tipo, «¡a mi déjame tranquilito que yo estoy bien así!», «¿irme yo a otro lado? Buf, que pereza, con la bien que estoy yo aquí«, «¿Empezar de nuevo en otro sitio?, ay, chico, no, no, ya no tengo edad para eso.«, «¿Irme al departamento Y? ni de coña, que allí se trabaja mucho, y encima está el jefe J (que lleva 30 años siendo jefe).» Es tan malo que tu jefe no cambie NUNCA como que cambie cada cuatro años, como ocurre con cada legislatura de gobierno.

Pero también conozco a mucha gente «condenada de por vida» en un trabajo que no le gusta pero es fijo y le paga las facturas. Suelen ser personas que en su día quisieron hacer cosas nuevas y no pudieron, gente que les ha tocado lidiar con compañeros o superiores «amebas» que no son capaces de cambiar (malos) hábitos para que las cosas funcionen un poco mejor. ¿No querías un trabajo para toda la vida? Ahí lo tienes, ¿no es lo que esperabas? Pues chico, es lo que hay, ahí fuera hace mucho frío… siempre tienes la opción de pedirte una excedencia voluntaria y ver como te va en el mundo real, ese que queda fuera de la administración.

Por tanto, una de las mejores cosas que tiene la condición de funcionario, la inamovilidad, puede ser a la vez una ventaja y un inconveniente. Puedes pasar del eufórico ¡que bien, voy a estar aquí para siempre! al taciturno ¡joder, voy a estar aquí para siempre!. Unos pocos se quedarán con lo primero, otros pocos con lo segundo y la gran mayoría pasaremos por ambos estados, de forma alternativa, como un tira y afloja, con una lucha interna de amor-odio hacia tu trabajo.

Y por eso es tan importante que, de vez en cuando, saquemos la cabecita fuera, y si tenemos la posibilidad, cambiemos de puesto. Creo que eso es sano para todos, aunque el funcionario es un ser conservador por naturaleza (si quieres altibajos monta una startup y sabrás mucho de montañas rusas).

En mi cabeza hay un conservador (que no se atreve a pasar frío) al que le va la marcha, que piensa que un cambio (un meneíto) de cuando en cuando es positivo, tanto para uno como persona, como para la administración, es como renovar la sangre de un ser vivo.

Nadie es imprescindible y cambiar de puesto es como viajar a otros países y relacionarte con otras gentes, aunque al principio no entiendas el idioma ni las costumbres. Y si algún día vuelves, seguro que te traes cosas positivas que puedes llegar a aplicar en tu trabajo para toda la vida.

¿Nos movemos? A mi me apetece.

 

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Administración Pública

En la administración no podemos pagar con tarjeta de crédito

Hay cosas que son verdaderamente absurdas en la administración pública en una época como la que vivimos, al menos desde mi experiencia en las administraciones públicas para las que he trabajado, y es el hecho de no poder pagar con tarjeta de crédito.

Pero ¡ojo!, no me refiero a eso de que el político o directivo de turno tenga una «tarjeta de empresa» y pueda pagar con ella las comidas, bebidas y estancias varias con cargo al presupuesto de la administración (y que «algo» pagamos entre todos). No. Me refiero a disponer de una tarjeta de crédito para compra de productos y servicios a través de Internet.

Tranquilos, no se me lleven las manos a la cabeza. Tampoco hablo de comprar un casco de Darth Vader en eBay o tener una suscripción de Netflix o Spotify para el uso y disfrute de los empleados públicos. Hablo de tener algún medio de pago electrónico con el que poder probar algún servicio SaaS o de poder comprar una licencia de software que solo se pueda comprar online. Vamos, lo que haría cualquier empresa privada o emprendedor cuando se mueve en este mundo. Por ejemplo, probar un software en la nube para la gestión de proyectos, o versiones superiores de Slack, o herramientas para crear presentaciones, o herramientas online como Videolean para crear vídeos y difundir contenido en medios sociales, o comprar una plantilla guapa de PowerPoint para una presentación, o simplemente comprar un dominio de Internet o espacio de almacenamiento en Amazon, Google Drive o Dropbox.

Hablamos de pagos que en muchos casos puede que no superen los 50 euros/dólares al mes (cuando son pagos recurrentes) y aunque sea mayor, 1.000 o 3.000 euros al año, da igual. Eso, para una administración como para la que trabajo, es el chocolate del loro. Trabajando en un departamento que se encarga de tecnología (al próximo que me nombre eso de «nuevas tecnologías» le hago un unfollow sobre la marcha) no contar con una herramienta de pago online nos obliga a hacer malabarismos para cumplir la ley y de paso molestamos a algún proveedor para que nos haga de intermediarios. En muchos casos, esos proveedores se aprovechan de la situación (y lo veo completamente comprensible). porque esos intermediarios tienen que ganar dinero con esto, y para un pago de 100 euros tienen que poner su margen (por las molestias) y ese margen puede ser muy alto.

Pongamos un ejemplo y veamos las dificultades que se plantean:

Somos la administración AP, una administración solvente, con más de 50 millones de euro es cash en bancos, y con un presupuesto anual de más de 500 millones de euros.

La situación que yo me imagino

Con ese dinero en cash el poder de negociación con entidades financieras entiendo que puede ser, cuanto menos, holgado, como para que una entidad emita una tarjeta de empresa tipo monedero, que sea recargada, por ejemplo, con 5000 euros de crédito. Esa tarjeta podría estar bajo custodia de un empleado público con la responsabilidad suficiente, ya que se trata de pagar cosas o servicios muy tasados. Si esto ocurriese, contratar un servicio SaaS o hacer pequeñas adquisiciones sería igual que lo que hacemos cada uno de nosotros en nuestra vida particular. Esos gastos estarían debidamente justificados por un informe técnico de quien corresponda, razonando el motivo de la adquisición o contratación. Esto presenta varios problemas en una administración:

La dichosa factura

Todos los gastos en una administración tiene que ser justificados mediante facturas (lógico), en el idioma español y con unas condiciones muy concretas que deben cumplir a la hora de emitir la factura. Ya sabemos que la gran mayoría de estos servicios estarán en inglés y nos emitirán una factura en ese idioma y con el formato que ellos tengan acostumbrados, una factura que sería válida en cualquier empresa en España, excepto en una administración pública.

Pagar al tener el producto o finalizar el servicio

Si se trata de servicios que nos prestan (como cualquier SaaS), la Ley de Contratos del sector público dice por ahí que los pagos de servicios se realizarán a la finalización de los mismos, es decir, cuando una administración contrata un servicio, paga al finalizar la prestación del mismo. Esto choca frontalmente con cómo funcionan las cosas en Internet, cualquier servicio SaaS primero pagas la suscripción y después la usas por el periodo contratado. Ni más, ni menos. Probablemente este punto podría ser salvado si se viese este servicio como una suscripción «a una base de datos» que es lo más aproximado que aparece en la Ley para contratar este tipo de servicios, una chapuza que podría colar.

El periodo de contratación

Si encima se trata de servicios recurrentes, que superan el año de duración (o simplemente es menor de un año pero supone dos periodos en años contables distintos), nos encontramos con que no podríamos contratarlos tan a la ligera. Un servicio que supere la duración de un año supone un gasto plurianual, esto supone una cantidad de papeleo y tiempo de tramitación que en muchos de los casos, para que sea aprobado, pueden pasar entre 3 y 6 meses. ¿Me estás diciendo que para contratar el acceso a una herramienta online X que cuesta 300 euros al año tengo que hacer un procedimiento que tarda meses en ser aprobado y encima después tengo que licitarlo mediante un procedimiento que permita la concurrencia? Pues sí, y encima, no puedo contratar el servicio X sino que tengo que contratar «algo» que haga lo que el servicio X, pero sin decir su nombre (no podría favorecer un servicio similar frente a otro). Vamos, ya solo con esto se le quitan a uno las ganas de todo.

 

Lo que al final tenemos que hacer

Buscar un proveedor de confianza que contrate

Contactar con un proveedor P que, o bien contrate en nuestro nombre el servicio X, con lo que perderíamos en muchos casos el control de la suscripción, o bien sea tan amable de facilitarnos un nº de tarjeta de crédito que podamos usar para que nosotros, la administración, podamos contratar el serivcio X. De cualquier forma, el proveedor es el que pone el medio electrónico de pago, realmente hace de mero intermediario. Este proveedor no me va a dar soporte y no va a responder si el servicio X se cae. Básicamente lo estamos usando para que nos ponga una tarjeta.

Emitir una factura válida y esperar para cobrar

El proveedor P será el que emita la factura a la administración AP, por el concepto que corresponda, esa factura ya tendrá la forma que la administración AP desea, y estará en español, como debe ser (je, je). El servicio X cobrará de la tarjeta de crédito del proveedor P en el mismo momento de la contratación, pero la administración AP no le pagará al proveedor P hasta que presente su factura y, con suerte en un mes, o con menos suerte en tres o cuatro meses, vea cobrada su factura. Y si encima en la administración AP se ponen quisquillosos con el tema de la recurrencia o de los plazo, entonces esto podría convertirse en un verdadero quebradero de cabeza para el proveedor y para el departamento que ha hecho la contratación.  El margen que ponga el proveedor será básicamente el que le de la gana. Yo se que el servicio cuesta 300 euros al año, pero las molestias que le genera al proveedor, la demora en el pago y cualquier otro inconveniente que ponga la administración puede suponer que le margen sea de un 100 o un 200% ¿por qué no? Y cuánto más pequeño sea el pago, mayor podrá ser el margen, estarían en su perfecto derecho, porque si no, estas contrataciones no serían operaciones rentables para ningún proveedor.

 

En definitiva, en una administración se da la paradoja de que es más sencillo gastarse 15.000 euros en una consultoría de andar por casa o en 12 ordenadores portátiles, que contratar un servicio online que cuesta 15 euros al mes por el mero hecho de que hay que pagarlo con tarjeta. Es absurdo ¿no? Pues así estamos, luchando contra molinos en un entorno que se adapta muy lentamente a algo que hacemos de forma natural en nuestra vida diaria.  Las leyes tendrán que cambiar, deberá venir gente con ganas de hacer pequeños cambios culturales y organizativos que puedan justificar este tipo de cosas.  De momento toca aguantar… ¡ay, señor, llévame pronto!

 

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Gobierno de Canarias

Desventuras de un profesional TIC en un mundo analógico

La semana pasada me quité el gorro de persona que trabaja en el mundo de la tecnología (TIC) en una Administración Pública y me puse el gorro de ciudadano que hace un trámite ante otra Administración. Mi yo de profesional TIC deja paso a un yo de ciudadano un tanto resabido que lucha contra la burocracia y la ineficiencia de una Administración acomodada y alejada de un entorno conectado.

Me dispongo a realizar un trámite con el Gobierno de Canarias. Es un trámite voluntario, recalco esto porque no estoy haciendo algo que me obligue una norma o una Ley, hago este trámite porque tengo derecho y porque creo que con ello contribuyo a que este mundo sea un poco mejor. Además, se trata de un trámite un tanto particular. Para iniciar el trámite oficial primero hay que «pasar unas pruebas«, sí, sí, como lo oyen. Algo totalmente normal de acuerdo a la naturaleza del propio trámite. Y no doy más detalles por privacidad, simplemente.

Pues bien, digamos que he pasado ese primer corte. Soy/somos «apto/s» para presentar una solicitud ante el Gobierno de Canarias. Me pasan un formulario en PDF que puedo rellenar directamente desde el ordenador, aunque tengo que imprimir y firmar manualmente. Hasta ahí todo normal, un mínimo que se espera de una Administración, disponer de formulario medianamente amigable. En el pie del formulario aparece una frase que me encanta, y que debe ser obligatoria en todos los formularios, de hecho era una media obligación desde hace 10 años y una obligación completa desde hace unos cuantos meses, dice lo siguiente:

Asimismo, AUTORIZO al órgano gestor para efectuar las consultas necesarias a otras administraciones públicas de acuerdo con lo establecido en el artículo 6.2. b) de la Ley 11/2007, de 22 de junio, de acceso electrónico de los ciudadanos a los Servicios Públicos.

Lo que viene a decir que, usted, Administración, consulte todo lo que tenga que consultar con otras Administraciones, y recabe toda la información que necesite en mi nombre, no me haga pedir papeles a otros Organismos cuando ustedes pueden pedirlos, más fácil, más rápido y más barato que yo, seguro. Por favor, moleste lo menos posible al ciudadano (yo). ¡Gracias!

Esa cláusula en el formulario debería ser una salvaguarda para los ciudadanos, pero, fíjate por dónde, parece que está simplemente de relleno. Me explico.

Junto a la solicitud hay que presentar toda una serie de documentos. No los voy a detallar todos, pero sí los que me parecen más curiosos. Por ejemplo:

  • Fotocopia de los DNI’s compulsadas.
  • Fotocopia del Libro de Familia compulsada.
  • Documento acreditativo de tener cobertura sanitaria.

¡Empezamos bien!. Primer requisito, fotocopia del DNI compulsada. ¿Estamos en 1995? ¿Ha venido el p*to Marty McFly y me ha llevado en el Delorean 20 años atrás? ¿Qué me estás contando? Hablamos de que la solicitud la hacemos mi mujer y yo, somos dos interesados, somos dos personas que nos tenemos que identificar, pero solo yo soy el que presento la solicitud, y por tanto, solo yo presento mi fotocopia de DNI y mi DNI original físico y solo presento fotocopia del DNI de mi mujer. Me he negado a quitarle el DNI original a mi mujer y dejarla indocumentada para presentar el escrito ante el Gobierno de Canarias, alegando ante el funcionario de turno, que NO me pueden pedir fotocopia compulsada del DNI, que ya existe un medio de comprobación de identidad entre Administraciones y estoy seguro de que el Gobierno de Canarias tiene acceso a ese sistema. Por tanto, he mostrado mi insumisión negándome a presentar una fotocopia compulsada del DNI de mi mujer. Ya me han adelantado que, probablemente, me llegue a casa un escrito (en papel) por el que se me instará a subsanar esa deficiencia, y seguramente en caso de que no lo haga, mi solicitud será denegada por una cuestión formal. Una cuestión que lleva años resuelta, que técnicamente es sencilla y que solo requiere de voluntad para implantarla.

Segundo requisito, fotocopia compulsada del libro de familia. Ahí paso por el aro. Tengo un libro de familia de toda la vida, escrito a mano, donde aparecen los datos de mi matrimonio y del nacimiento de mis hijas. Todo muy del siglo pasado, con letra de Registro Civil, con sellos de tinta. Un puñetero atraso que sirve de poco o de nada. Pues ahí que me lo compulsan. Presento una fotocopia de las hojas que interesan. Una aplicada funcionaria revisa por encima las páginas y corrobora que lo que he fotocopiado y el original coinciden. Y estampa su firma y sello dando fe de que el documento se puede considerar auténtico. ¡Punto para la Administración 1.0!

Tercer requisito. Me piden que presente un justificante de que tengo cobertura sanitaria y me insisten en que traiga una copia de mi tarjeta sanitaria. Hago oídos sordos a este último consejo y me presento con un flamante documento electrónico expedido por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, obtenido de forma automática mediante identificación con certificado digital mío y de mi mujer, y del que se obtiene un documento electrónico perfectamente válido (que puede ser comprobado mediante medios electrónicos) que dice tanto mi mujer como yo tenemos derecho a asistencia sanitaria a la fecha de solicitud (ver el trámite en la Sede Electrónica). Pues bien, voy con ese documento a presentarlo junto a mi solicitud y la funcionaria se extraña de que no haya sacado una fotocopia de la tarjeta sanitaria (esa que expide el Gobierno de Canarias y que uso cuando voy al médico o a la farmacia). Le digo que NO, que sacarle una fotocopia a un trozo de plástico no sirve de nada, y que, en cambio, tenía un lustroso certificado firmado de forma automatizada por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social que dice que tenemos derecho a asistencia sanitaria, y que su autenticidad puede ser comprobada en la dirección de Internet que aparece en el pie del documento. Me mira con cara rara y se extraña de que no haya hecho lo que hacen los demás, ¡total!, ¿qué me costaba sacar una fotocopia de mi tarjeta sanitaria?

En fin, que al final presento toda la documentación que me piden, con las salvedades que he expuesto. Me he desgastado discutiendo con empleados públicos las deficiencia en su forma de trabajar, y que debían ponerse el día. Se excusan en que sus superiores administrativos trabajan de esa manera, y que ellos (aunque me dan la razón) no pueden hacer nada.

Pues si ellos no pueden hacer nada, yo sí lo voy a hacer. Me negaré a presentar la documentación que me piden como ellos la piden, me reuniré con quien haga falta para que, al menos en este trámite, no pidan documentos a los ciudadanos que ellos mismos pueden obtener, o que, al menos, acepten otros documentos en otros formatos.

¿Administración Electrónica? ¡JA!, los propios empleados públicos que me atendieron me miraban con sorna y sus ojos decían «no, de eso aquí no tenemos«. Pues va a ser que sí, que algo tenemos.

Veremos cómo acaba la historia. Confío en que acabará bien, por el interés de todas las partes.

Me despido del mundo 1.0. ¡Súbeme, Scotty!

 

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Administración Pública

Sacar la cabecita fuera

Cuando trabajas en la Administración Pública suele ocurrir que no veas más allá de tus propias narices, que lo que haces está bien, que haces lo correcto, lo que siempre se ha hecho y encima las cosas funcionan. Así empiezas y así terminas hasta que te jubilas.

Pues no, no estoy de acuerdo. Los empleados públicos tenemos el deber de mantenernos informados de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, como mínimo, en el área en el que trabajamos, y si además somos capaces de informarnos de otras áreas seguro que algo aprendemos, que no todo va a ser saber de lo nuestro.

Yo dedico diariamente un mínimo de media hora de mi tiempo de trabajo en saber «qué se está haciendo ahí fuera«. ¿Eso que significa? Que consulto más de 150 fuentes de información relacionada con administración pública, con tecnología, con redes sociales, con innovación, con transparencia, con gobierno abierto, con legislación relacionada en todas estas áreas, etc. Y todo ello con ayuda de Feedly, un agregador de RSS (si no sabes lo que es ya estás tardando en buscarlo en Google), y también accediendo a Twitter y Linkedin, principalmente.

Nuestro mundo laboral no acaba en las cuatro paredes que nos encierran, ni en los compañeros que nos rodean, y mucho menos en los directivos y políticos que dirigen (a veces ni eso) nuestros designios laborales. Nuestro mundo laboral no es solo eso que ocurre de 8:00 a 15:00.

Pero ojo, ya ni siquiera hablo de lo que hacen los demás, también hablo de lo que hacen nuestros compañeros, pero me temo que eso, sin una buena comunicación interna, no es posible, si no mira lo que te conté hace unas semanas en este post donde hablaba de lo que es trabajar sin comunicacion interna.

¿Y dedicar al menos media hora mi tiempo de trabajo a saber lo que ocurre por ahí fuera es bueno? Yo creo que sí. Es más, debería ser obligatorio, por lo menos para los que ocupamos puestos de una escala superior en la Administración Públicas, los que «supuestamente» estamos preparados para proponer mejoras, para hacer informes justificativos, para tratar de influir en cómo se deben hacer las cosas en nuestro área. Si solo conocemos lo que siempre hemos hecho ¿seremos capaces realmente de aportar algo de provecho a la Administración que nos paga? ¿Si llevas 15 años haciendo lo mismo creyéndote que lo haces de miedo, eres una persona fiable?

Sal fuera, infórmate, investiga, conoce lo que hace tu vecino, cómo resuelve los mismo problemas que tú estás teniendo, aprovéchate de su conocimiento (y por qué no, de sus recursos), aporta lo que tú ya sabes. Seguramente todo eso te dará una visión más global y sabrás si lo estás haciendo bien o tienes margen de mejora (todos lo tenemos).

Los eventos de cualquier tipo donde se reúnen muchos perfiles distintos son una buena opción para conocer el estado del arte. Se habla de mucho evento de emprendimiento privado, de startups, de nómadas digitales, pero muchos no conocen el enorme panorama que existe en los eventos donde los empleados públicos somos el centro, donde se habla de innovación, de gobierno abierto, de tecnología, de intra-emprendimiento público. Incluso hasta tenemos redes sociales propias como Novagob o INAP Social. Los empleados públicos tenemos nuestro espacio donde discutir, donde apoyarnos (y llorar nuestras penas), donde retroalimentarnos, donde exponer ideas, hasta hay entregas de premios a los mejores proyectos. ¿Por qué no?

Muchos de estos eventos son retransmitidos por streaming, son grabados y puestos a disposición de todos en Youtube. Igual uno no puede estar asistiendo a todos los eventos que se organizan, pero no tenemos excusa cuando esas ponencias se cuelgan en la web. Podemos pasarnos una o dos horas viendo vídeos con ponencias de gente que sabe mucho y de la que podemos aprender, y sí, en horario de trabajo, eso también es enriquecer el nuestro.

Yo seguiré ejerciendo y fomentando esta forma de mantenerme un poco con la cabecita fuera, seguiré estando informado, trataré de aportar lo que se o lo que opino, trataré de ir a eventos o al menos seguir las charlas grabadas. Y seguiré en mi empeño de que mis compañeros hagan lo mismo. Al fin y al cabo esto es como viajar, te abre la mente. Conoces otras gentes, otras «culturas internas», otras formas de trabajar, hablar y resolver problemas.

Los que trabajamos en sitios donde son modelo de poco o de nada siempre es gratificante (y frustrante) ver que otra forma de hacer la cosas es posible, que con el impulso político y directivo adecuado las cosas se pueden mejorar. La combinación perfecta son políticos y directivos con ganas de cambiar las cosas, apoyados por empleados públicos con una mente abierta y con ganas de probar cosas nuevas. Ninguna de esas acciones funciona por separado.

Ya sabes, saca la cabecita de tu cómoda concha de caracol, que te de un poco el sol y el aire, mira lo que ocurre alrededor, habla con otros, interactúa, te puedes sorprender del mundo que hay ahí afuera en esto del sector público.

 

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Cabildo de Gran Canaria

Trabajar en un entorno donde no existe la comunicación interna

Estoy saturado de ver en Internet decenas de artículos en los que se habla de la importancia de la comunicación interna en empresas y Administraciones Públicas. Cada vez que leo uno más me revuelvo en mi silla y pienso ¿por qué no hacemos esto aquí? Es una pena que estos artículos no los lean las personas que tengan poder de decisión para realizar un cambio de modelo en una organización hasta ahora opaco y donde la comunicación interna se lleva en los pasillos o en las mesas de las cafeterías.

Trabajo en un sitio donde no se fomenta la comunicación interna, donde no se lo que hacen mis compañeros de departamento y mucho menos lo que hacen otros departamentos. La gran mayoría de las veces me entero de proyectos o eventos que tienen que ver con la Administración donde trabajo por la prensa, y el problema es que no soy solo yo, también políticos y directivos no saben lo que hacen sus propios compañeros.

La comunicación interna tiene que ser fomentada desde arriba, y que eso sea permeable, que ese impulso baje por todos los niveles de la (muy) jerarquizada Administración Pública, Consejeros / Concejales, Coordinadores Generales, Directores Generales, Jefes de Servicio, Jefes de Sección, Jefes de Unidad, Jefes de Negociado, Jefes de Equipo…

Lo que suele pasar en muchas administraciones (como para la que trabajo), es que el término Comunicación siempre ha estado asociado a la comunicación hacia afuera. Por ejemplo, un área como la de Cultura suele tener un departamento de comunicación propio, y es lógico, porque se pretende dar difusión a un sinfín de actividades culturales. Pero lo que todos estamos acostumbrados a ver es un departamento de comunicación/prensa dedicado en exclusiva a comunicación política, punto. Se puede tener una Dirección General de Comunicación, pero con un papel estrictamente político, y siempre con un mensaje hacia afuera.

¿Y qué pasa con los que trabajamos dentro y queremos información? Pues que si eres un poco espabilado, preguntas, y cuando te encuentras con evasivas o caras molestas porque preguntas cosas que no debes es como si te invitaran a ser uno de esos monos que aparecen en los emoticonos, esos que se tapan la boca, las orejas y los ojos. No preguntes, no veas, no oigas, siéntate en tu silla y haz tu trabajo.

En algún evento de innovación pública (¿eso existe? sí, más allá de Orión) pude comprobar con alegría cómo había Administraciones Públicas que tenían verdaderos departamentos de organización y comunicación interna, empleados públicos encargados de gestionar la comunicación interna, y no solo eso, también se encargaban de crear sinergias entre departamentos, de fomentar reuniones informales donde se trataban temas transversales (huyendo de los comités formales que muchas veces sirven de poco), donde se le daba voz al empleado público y donde se impulsaba un verdadero sentimiento de pertenencia que muchos empleados públicos no tenemos.

Las redes sociales corporativas suenan desde hace tiempo como un elemento fundamental para fomentar esta comunicación interna. La idea de las Intranets Corporativas o Portales del Empleado como espacios de trabajo, consulta y comunicación unidireccional estaban muy bien hace diez o quince años, pero estamos en otra época. Estamos en la época de la comunicación inmediata, desde cualquier dispositivo y desde cualquier sitio. Crear redes y grupos (formales e informales) de trabajo a través del uso de redes sociales corporativas debe ser algo básico. Compartir información, debatir, opinar, seguro que eso fomentaría la participación interna. Estoy convencido de que hay muchos empleados públicos dispuestos a compartir, colaborar y opinar. También conozco algunos que no están por esa labor, son esos de los reinos de taifas donde la información es poder, y cuanto menos personas la conozcan más poder tienes, pero espero que eso se acabe algún día, pronto.

No me imagino grandes corporaciones privadas donde no se le de importancia a esto de la comunicación interna, y ¿por qué las Administraciones Públicas seguimos a la cola en esto? Seguramente por una patente falta de miras, por un desconocimiento absoluto, por una inercia adquirida durante muchos años en puestos donde siempre se hacían las cosas así. Pero entiendo que no sea fácil poner el cascabel al gato, fomentar la comunicación interna puede suponer tener que lidiar con empleados quisquillosos, con esos que no se callan (argumentando, claro), con ideas innovadoras (¿se está preparado para innovar?), con cambios culturales grabados a fuego en la función pública de los últimos 30 años.

¿Comunicación interna? Sí, por favor, y no tarde mucho, que si no corremos el riesgo de convertirnos en seres grises con un trabajo estable, poco productivos y desmotivados.